lunes, 1 de septiembre de 2008

Horizontes a 3.404 m.s.m.


En las últimas dos semanas he revivido la mágica sensación del viaje. No he ido muy lejos. No hace falta. Viajar es más una actitud que un desplazamiento.
Partí del delta del Ebro, en la punta de El Fangar, y pedaleé hacia el norte con calma, primero entre arrozales y nubes de mosquitos, y después entre bosques, a través de Els Ports, para seguir luego el curso del río Matarranya hasta Nonasp, donde me reencontré con Xavi y Arantxa, y en Mequinenza con Jaume, Luís y Tony.
Sin necesidad de ir al desierto he escuchado el silencio de los caminos y he experimentado la hospitalidad de los que también viajan, con Francesc y Montse en Camporrells. He compartido el camino con Enric y su familia (42 ciclistas de todas las edades) por la Via Verde de la Terra Alta, y con Miquel por el Montsec de l'Estall, visitando ermitas en lo alto de acantilados que sirvieron de muralla en otros tiempos y pueblos abandonados en la época en que se contruyeron los pantanos, durmiendo cada noche bajo un manto de estrellas, bebiendo cada vez de una fuente diferente.
El viaje ha terminado en lo alto del Pirineo, formando cordada con Miguel y Marc por la arista sur del Aneto. Una experiencia única e irrepetible. Una aventura que en realidad no acaba nunca.